En la espesura del bosque, entre los cuatro robles, brillan luces formando un círculo en movimiento continuo que susurra canciones en un idioma extraño e indescifrable; voces que suenan a libélulas silbando; regusto a aquellas palabras que se escapan al borde de la cama, cayendo del abismo creado tras el cierre del ojo.
Las hadas se mueven con elegante picardía; sus cuerpos son gráciles, sus rasgos engañosamente humanos. Pronuncian el nombre de ella, animándola a unirse a su alegre festejo. En el centro la envuelve un aroma a miel y flores, e inunda la música todo su ser, curándola de la herida propia del hombre.
¡Baila, baila!
La danza de las hadas la ha cautivado y ahora celebrará su dicha con ellas. Nunca oyó tan dulce música, nunca vio tanta belleza, tanta magia flotando en el aire. No hay cabida para tristeza alguna, ni penas ni añoranza. Solo surge de su interior el deseo de seguir bailando al canto de las leyendas fantásticas, y el miedo a que tal escenario de ensueño se apague con el amanecer. Las hadas sonríen con sus pequeños ojos de insecto; su sangre es fría y verde, sabido por el tiempo pero no por los pobres que desconocen el peligro que conlleva juntarse con el mundo de lo oculto.
¡Baila, baila!
Empieza a sentir cansancio, pero no podrá darle calma a su cuerpo. La energía invisible la obliga a permanecer en el movimiento continuo, aunque la débil carne humana no pueda resistirlo. Se despedaza su piel al forzar el límite de ésta, haciéndola aullar de dolor. Las hadas ríen con sonido de grillo. Rompen el círculo y se abalanzan sobre ella como una plaga bíblica, escarbando en su carne con ansias de saborear el gusto de las vísceras. Ni los ojos de la prisionera se salvan; su vista será robada y en la ceguera eterna afortunadamente no podrá ver cómo las criaturas juegan con los restos.
¡Baila, baila!
La sangre se esparce con cada movimiento, cada giro, cada salto. Los tobillos producen un ruido seco al romperse. Aplauden y ríen a su alrededor. La música continua sonando, cada vez más rápido, más rápido, más rápido, más rápido....
¡Baila, baila!
El cuerpo sin vida se desmorona al suelo como un títere. Las luces se apagan, la música enmudece. En su brusca despedida las hadas arrebatan sin piedad el baile, el canto y la vida. El sueño vestido de luto acaricia la cabeza de ella; por el hueco que se vislumbra en la parte no cubierta del rostro puede verse el temible perfil de una sangrienta pesadilla sonriendo tras su disfraz.
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