sábado, 6 de noviembre de 2010

La tienda del anticuario.


Una calle estrecha con edificios antiguos y humildes. Una calle donde se respiran las historias de las gentes que antaño caminaban por su suelo de baldosas: algunas negras, otras más grises. Tiendas pequeñas, cuevas, escondites que parecen guardar miles de secretos en su interior, maravillas que ella desea ver, descubrir. El padre siempre dice que es su pequeña aventurera, sin miedo a lo desconocido, valiente. Y ella sonríe al oírlo. Con su mochila a la espalda lo acompaña allá donde va, sabiendo que él, su padre, es un gran conocedor de los rincones más mágicos y recónditos de la ciudad.
Hoy sus pasos la han conducido a esta calle. Donde ella nunca antes había estado pero donde una extraña sensación de confianza la invade; como si conociera dicho lugar, como si lo hubiera conocido mucho tiempo atrás.
Se detienen delante de una tienda de puerta de madera con un escaparate de cristal envejecido. Ella no es capaz de ver o comprender que es lo que se esconde en su interior. Su padre la suelta de la mano y la niña, absorta en sus pensamientos, juguetea con una mariposa de papel que ha coloreado ese mismo día de diversos colores. Su padre abre con delicadeza la puerta y entra dentro. Por un momento una luz cálida se entrevé por los costados y fascina a la pequeña de tal forma que la calle desaparece; su cuerpo inmóvil, su boca levemente abierta, sus ojos cautivados por lo que parece ser un regalo a punto de abrirse, una sorpresa a punto de ser descubierta: el momento más bello que uno experimenta al descubrir algo nuevo. Su alma respira, se eleva... pero aún permanecen sus pies en tierra y poco a poco la van guiando al interior de la tienda. La luz la envuelve. Cuando sus ojos se acostumbran a esa extraña luz de dentro vislumbra a su padre hablando en voz baja con un hombre de barba y cabellos blancos: lleva unas gafas de lentes redondas y está mostrando un hermoso reloj antiguo de bolsillo. El padre recae en que la niña observa a su alrededor sin orientarse: "¿Sabes donde estamos?" Le pregunta. Ella niega lentamente con la cabeza y el hombre del reloj, acercándose y agachándose para tener la cara de ella al mismo nivel, empieza a explicarle con simpatía:"Esto es un anticuario, pequeña: una tienda de antigüedades, un lugar donde las personas pueden traer sus objetos personales y darles una segunda vida." Ella escucha con suma atención. El hombre se acerca más a ella, con sus ojos clavados en los suyos, con una extraña chispa en su mirada. En ese momento el padre ha dejado de prestarles atención, y completamente concentrado estudia el reloj de bolsillo. El hombre, viéndolo, se acerca aún más a la niña, de tal forma que ella es capaz de oler el olor a tabaco de pipa que desprende su aliento: "Te diré un secreto, pues reconozco a las personas como tú: personas capaces de abrir sus almas a las maravillas del mundo, a lo bello que en éste se oculta" Ella siente otra vez su cuerpo elevarse..."Todos estos objetos que ves no guardan su valor en la riqueza de su material, o en la nobleza de su orígen. No. Lo que de verdad les da el extraño poder de seducir y cautivar a las personas procede de otra fuente: los recuerdos. Son cajas llenas de ellos. Recuerdos de antiguos poseedores, trozos de sus almas que quedaron encerrados en su interior. El hombre siempre busca rasgos, signos de humanidad en el mundo que le rodea. De allí la atracción que muchos experimentan por estos objetos, pues la esencia de otras vidas permanece latente dentro de éstos; algo que muchos intuyen pero pocos llegan a comprender. Son lo más cercano que puede llegar el hombre a "ser" después de la muerte, el abismo ¿No es maravillosa, pequeña? Algo nuestro que no desaparece aunque nosotros sí lo hagamos" El hombre se aleja de ella después de decir estas palabras. Su padre y él vuelven a hablar del reloj, tranquilamente, como si nada hubiera pasado ni ningún secreto hubiese sido revelado. Pero ella ya no siente sus pies en el suelo. Un fragmento de color se deposita para siempre en lo más hondo de su ser.
Al salir de la tienda una colorida mariposa de papel permanece en una de sus estanterías: un regalo a cambio de un nuevo tesoro descubierto.

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