miércoles, 15 de diciembre de 2010

Historia de una historia: el espíritu del mar





"Una historia que contar..."

Una playa de blanca arena, refugio de melancólicos, metáfora de la fugacidad del transcurrir del tiempo y la vida. Las olas recorren las extensas aguas en busca de la tierra, de un sueño que acaba truncado a la muerte de la orilla. Pero él lo sabe. Tiene la certeza firme de los que sienten lo invisible en lo más hondo del ser. Su piel se estremece al percibir aquella esencia inamovible; una sensación acunada por el aire que otorga al mundo el eco y el aliento: la voz del océano.

El hombre de la orilla permanece con la mirada lejana mirando sin ver el eterno morir de las olas.
Lentamente, a su lado, se va dibujando el contorno de una mujer de largos cabellos negros agitados al compás de una de las dulces melodias del mar. Su rostro permanece oculto, quizá, quien sabe, esperando en vano a que él aparte los mechones tras los que se esconden sus ojos y asomarse así a los secretos que atesora su alma rebosante de libertad y caminos teñidos de verde. Pero el hombre de la orilla atesora negruras inimaginables. Tiene miedo. Le aterroriza la posibilidad de que al juntarse sus miradas pudiera perderse y no poder llegar a volver a encontrarse nunca más. ¿Y si se da cuenta de la luz muerta de sus pupilas? Acalla rojos sentimientos tras un velo de dudas para alejarse. Y ella, sin embargo, continua acercándose despacio pero con gran ternura: posa su mano sobre su hombro, acarícia su mejilla, le susurra palabras dulces al oído.

El hombre de la orilla sigue mirando sin ver ahora algún punto perdido en el horizonte.

Ella le pregunta con voz triste:
"¿De qué huyes?" "¿A qué teme tu corazón, siempre sufriendo?"
"¿Dónde se perdió tu mirada?"
Pero él no habla, no puede. Cruel destino que le obliga a ocultar y nutrirse de sus secretos, haciendo que vaya donde vaya solo vea desierto, una vieja casa de madera, párpados cerrándose, laguna, un nombre prohibido.
No habla, pero oye su voz con gran pesar. Se expande como un eco, retumbando por su cabeza hasta que se convierte en un débil susurro que acaba por apagarse.

"¿Dónde estás...?"
"¿Dónde..?"

El hombre se gira, buscándola, pero ella ya ha desaparecido.
En el mismo lugar donde antes se encontraba tiembla un pequeño bulto envuelto en sábanas.

Es una niña.

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