martes, 15 de noviembre de 2011

Tarde de domingo


Afuera brilla un sol espléndido, digno de algún frívolo anuncio de automóviles. Los jóvenes pasean en grupo por la calle haciendo un poco de estruendo al conversar entre ellos. Me pregunto qué tonta anécdota se estarán contando. Observo que algunos ancianos que caminan taciturnos los miran de reojo con cierto desdén en la mirada. Es bastante gracioso ver sus caras arrugadas frunciendo el ceño. Me llegan de golpe los gritos de los niños que juegan en el parque de al lado, que empiezan a exigir con ímpetu la merienda que las madres han traído dentro del bolso, junto a las tiritas, seguramente. Mientras, el interior de mi casa está a oscuras a pesar del bonito día de hoy. El ambiente es tan denso que hasta podría masticarlo si estuviera hambrienta y no quedasen galletas de esas de chocolate blanco en la cocina; no creo que una opción sea más sana que la otra. El ruido del televisor con el volumen casi al silencio acompaña mi tarde de domingo, como siempre. La casa parece aletargada; me la imagino con los párpados entrecerrados, a punto de sucumbir al sueño. Tiembla el techo y las paredes a golpe de escoba y fregona: los vecinos han empezado con la limpieza semanal. Me fascinan toda esta serie de hechos normales y corrientes que suceden a mí alrededor; me hacen sentir ignorante y lejana frente a una parte de la vida de la cual todos parecen formar parte. Pasan los años y mi mundo va formándose a base de recuerdos de momentos no vividos que leí entre las páginas de alguno de los tantos libros que custodian mi habitación. Me acojo a ellos y observo con curiosidad en la distancia la vida que fluye ante mis ojos, sin llegar a tocarme.

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