domingo, 29 de enero de 2012
Bublitschki
Hay un hombre barriendo la calle con parsimonia y sencillez. Tararea una melodía con rostro a faldas ondeando al baile de pies descalzos. Sus arrugas dan voz a tiempos pasados, su canto al sonido oculto de las fotos en color sepia. Adentremonos en su frágil y bella existencia: educado en la contradicción de manos tensas, de fácil reacción violenta, y juegos callejeros, niños de risa rebelde y pícara. Infancia volátil y encantada. Al tararear su canción se refugia en su recuerdo, su sangre late. Padres de tez oscura y pasos inquietos le legaron la música. En su juventud rechazó la llamada de sus ancestros y de sus pies crecieron gruesas raíces que le hicieron árbol de chico tronco, apenas visible en la sombra amenazante de los altos rascacielos. La mirada habla de colores ya fallecidos: en su reflejo al sol reviven por un efímero momento, humo desapareciendo en la soledad del teatro cerrado. Tiene pocas palabras, es torpe en su manejo. Se dio cuenta rápidamente de que prefería vivir modestamente en el amparo de un trabajo que le permitiera existir sin ser visto. En su escenario diario comparte tímidamente con el mundo lo único que realmente posee: la música del nómada.
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