Cierra los ojos y ve luciérnagas de luz azul iluminando la oscuridad de su sueño, como siempre, pero nadie le cree. Se incorpora del lecho y mira desorientado a su alrededor: la ventana muestra el manto nocturno tiznado del tímido brillo de las estrellas. Hoy no hay luna. Se acerca, tambaleándose, al escritorio inundado de papeles amarillentos, desordenados y arrugados; coge uno de ellos, lo despliega y aplana hasta devolverlo a unas condiciones decentes, y empieza a recitar; primero susurrando, jugando con el silencio, y, lentamente, sube el tono de voz e inunda el cuarto de palabras:
"Las luciérnagas alumbrarán el camino inhóspito de los que sienten lo invisible: la sonrisa solitaria de la Luna."
Repite una y otra vez lo escrito. Y finalmente se desploma de rodillas al suelo, exhausto, aletargado, vacío.
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