Te me escapabas: me era completamente imposible abarcarte en una única imagen, porque a cada momento, a cada movimiento que dieras, por leve que fuera, desaparecias y volvías a aparecer. Como si tu ser no tuviera límites, como si tu contorno fuera hecho de humo y tu perfil se resistiera a ser definido. Te me antojabas una pintura aún por terminar; una pintura que a cada nuevo trazo, nueva pincelada de color, dejaba a atrás su anterior forma para construir encima de ello y convertirse en algo completamente nuevo y diferente. Aunque tú parecías no tener fin en tu transformación. A veces, tenía la sensación de que retrocedías a una imagen anterior, pero se trataba únicamente de su fantasma y no de su forma original exacta. Nunca eras la de antes. Y éso te provocaba la fragilidad propia de lo ilusorio, de lo que permanece en equilibrio entre lo que es real y lo que no; en cualquier momento podías abandonar las orillas de la existencia y sumergirte para siempre en lo profundo del mar. Por ello, cada vez que nos encontrábamos y te marchabas sentía una punzada de miedo por si ese encuentro se convertía en el último. Mi adiós era siempre sincero; un adiós que englobaba toda la seriedad de la palabra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario