domingo, 10 de marzo de 2013
Es una playa sin mar, pero a ella no le importa. Por algún lugar ha de poder deambular esta joven que no sabe de sus pasos de huella vacía. Anoche parecía que el sol no volvería a salir jamás, y ella experimentó por un momento el fin de la luz y los días. Hay una repetición, un patrón en esta actitud de huida que tanto la caracteriza. Ella es un partir, y yo la que observa escondida detrás de la ventana su marcha, triste y callada. No es la primera vez que la veo así. Muchas veces más nos hemos encontrado, pero ella no me recuerda. Me presento con diferentes nombres, con la esperanza de encontrar el adecuado: aquel que espera, aquel que busca en su travesía errante impulsada por el eco del canto de la madre. Su madre le cantaba sin letra siendo ella niña sin recuerdo. Alguien la depositó en el suelo, con ternura, hace mucho tiempo atrás. Desde entonces, el silencio empezó a hablarle, quisiendo ella acallarlo y seguir el susurro de su madre que desaparecía (o quizás nunca había existido). ¿Dónde ir? "Nunca me habló de ti". No pude acogerla ni llorar por ello: por ella. Hay sed en esta tierra fragmentada; sed en sus pasos. Es imposible ir en busca del olvido, pequeña, pero no seré yo quien te lo recuerde. La ausencia del mar lo llena todo, y todo es este saludo al vacío, este gesto que muere. La playa que se hizo desierto; eterna fluctuación de un perfil temeroso. Alguien sabrá el qué y por, yo no lo sé, yo no puedo acompañarla por haber querido desatar su tan bien armado interrogante.
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