Si quieres que te diga la verdad, estoy esperando a escribir la historia del coleccionista de relojes, de la anciana del diván, la niña del desierto que aún busca la orilla, el ser que habita en la casa muerta, pero todas se ven ensombrecidas, anclados en mares de sombra, al instante en que asoma con arrogancia el YO que tanto me aniquila. Y es aquí que empieza este divagar que nunca termina y que ya amenaza con no darme descanso mientras siga en este juego de caras que se ocultan y palabras que sintetizan nombres con voz de lengua extraña, una perdición de lenguaje anarkogramatical. Sigo empeñada en mantener esta identidad que tantas desgracias me ocasiona, identidad que en su egoísmo ahoga a estos frutos que, si bien es cierto que germinan (henchidos de ilusiones malsanas, pero), no llegan a nacer más que en forma de sufrido aborto. Estoy cansada de estas paredes-interrogante. Miro y leo a mi yo de ayer escribiendo en ellas "¿quién encontrará a Marie dentro de esta locura despedazada?" y demás frases lapidarias que me persiguen en mis noches sombrías, que no son pocas. El sinsentido y la abstracción son los pilares de mi refugio verbal. A ellos voy con mis fantasmas, atormentada como soy por culpa de mi naturaleza (humana) enfermiza, buscando el alivio que sólo una respuesta basada en la no-respuesta puede darme.
¿Y si me quedo sin texto, como ahora y otros tantos ahoras?
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