Ella es eterno otoño sin esperanza; encandila a las almas de los enamorados por lo melancólico, lo obscuro, lo bello que yace oculto en la decadencia rojiza del ocaso del día.
Jóvenes de mirada huidiza han sido presa de su embrujo al descubrirla en los remolinos de hojas secas bailando al canto del aire cálido. Acaricia sus frías mejillas tiernamente, pero siempre distante, siempre lejana e inalcanzable. Bajo el amparo de la noche estudia su esencia candente fascinada por el contraste de luces y sombras.
Envidia en secreto el descanso de los hombres, la capacidad de soñar y ver tras el cierre del ojo, porque ella no ha experimentado jamás dicha sensación. Nació del delirio de almas poéticas que la concibieron mezclando espejos fragmentados, los cuales guardan dentro de sí, en el reflejo borroso, la visión de anhelos quiméricos; está hecha de cuento y fábula, y siente en lamento la desesperación y el caos de los de corazón erosionado por la salitre de aguas salvajes atacando la orilla.
El dolor la ha vuelto sabía y triste, pues sabe que es culpable de propagar la enfermedad de la nostalgia a todo aquél cautivado por su funesta presencia, pero no puede escapar de la prisión de su naturaleza ni cumplir el deseo escondido de convertirse en mujer de barro y agua que camina y vive en la primavera del cuerpo fértil y palpable.
La propia musa desea en silencio ahogado ser mujer de carne dulce y salada, cabellera despeinada, facciones irregulares, piel esculpida en arena y no mármol impoluto; frágil y poderosa, mucho más que ella misma que a tantos hombres cautivados por su figura posee, ¡oh, cruel destino! La soledad la persigue y atormenta, pues su vientre es mustio y sus brazos nunca acunarán vida, ni su voz cantará con dulzura de madre, ni conocerá el suspiro fugaz que otorga la existencia física, ni se escuchará el grito de su alma rota de nacimiento. Su desdicha es muda: delante de tan terrible verdad le es prohibido expresar con lágrimas que afeen su rostro la desolación de saber que jamás podrá sentirse acogida en el calor de un abrazo repentino.
¡Poetas! ¡Dadle roja sangre y no más negra tinta!
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