El hombre desierto y la mujer océano concibieron a una frágil niña, de nombre Janina. Libre y desdichada. El mar la arropó una única vez para que pudiera sentir nostalgia por el pasado. El viento, aquel viento acusador, jugó con sus cabellos para tener un rincón en su memoria. Janina caminó por ambos mundos buscando preguntas, rehuyendo respuestas. Sus pasos apenas dejan huella en la tierra; siempre olvida de donde viene, pero sus ojos recuerdan cada puesta de sol en penitencia por el día fallecido. También recuerda en los momentos en que se detiene en el camino para reencontrarse consigo misma la mirada oblicua de su padre, lo poco que recuerda de él a parte de una sombra desdibujándose en la playa. De su madre ni siquiera recuerda una silueta, pero sí unas manos pequeñas y blancas, similares a las suyas, sujetándola como a un objeto extraño. El resto se encuentra impregnado por el murmullo de un canto dirigido al Todo. La madre únicamente le dio la vida, un regalo o una maldición, ella no lo sabe. Sí sabe que el nombre lo escogió él.
La historia de Janina empieza antes de su nacimiento. No se ha alzado como figura central de su vida hasta ahora jamás contada. Al igual que todo principio, no guarda recuerdo. Empezó en la nada; una nada no arrelada en el vacío, sino en el desconocimiento.
Janina es la última extranjera; su soledad es física. No descifra los rasgos humanos, posiblemente por sus ausencias de niña herida. Cuando se encuentra con otro ser vagabundo se desconcierta y, temerosa, huye antes de poder intercambiar palabra. Nadie la ha oído hablar, aunque ella cree que sabe hacerlo, sobretodo en sueños. Janina habla, pero nunca con un tú que le responda; Janina se refugia en el misterio indescifrable de la pregunta muda. Permanece en el amparo del interrogante. Ella misma es un interrogante.
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