miércoles, 28 de diciembre de 2011
El reloj de bolsillo hace tic, tac, tic, tac, y la anciana, sujetándolo con fuerza, pierde su mirada en el eco de la monotonía del sonido. Las fotografías de la mesita de noche de al lado desplazan su mundo en blanco y negro al resto de la estancia. Los recuerdos se vuelven cuentos basados en experiencias pasadas, pero cuentos al fin y al cabo. La respiración enmudece lentamente, tal y como si cerrara los ojos en el justo momento en que se sucumbe al sueño. Las cortinas beige resplandecen doradas entre los bordes por donde la luz se asoma al interior de la cavernosa casa. El viento las mece suavemente, entrando a través del estrecho espacio abierto del ventanal. Una gaviota, afuera, abre el pico, pero su gorgoteo enmudece antes de poder llegar adentro. Todo parece desaparecer; el tic, tac del reloj, la respiración, el brillo en el iris de la anciana, la luz y el viento entre las cortinas. Todo se detiene. El tiempo ya no existe. La vida y los recuerdos de lo vivido ya no existen ¿Existieron realmente en algún momento?
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Del mismo modo en que existen los sueños o la juventud de una anciana; una sucesión de imágenes un tanto inconexas, tan vívidas como una fotografía en blanco y negro.
ResponderEliminarTu microrrelato me ha recordado al mito de la caverna: las sombras, el eco, el blanco y negro, lo cavernoso de la casa, la luz al otro lado... Y el final, ¿existe algo de esto?