lunes, 13 de febrero de 2012
Alberto enciende cada día el televisor nada más despertarse y, acto seguido, se dirige al lado contrario de la casa, al despacho, y enciende el ordenador que se carga lentamente con pereza. En esos minutos, Alberto aprovecha para dirigirse a la cocina y prepararse una taza de café instantáneo, de marca barata, con sabor a serrín. Con la taza humeante, vuelve con el ordenador y se sienta en la silla. De fondo, se escuchan las voces enlatadas del televisor. No tiene ni idea del programa, serie, o anuncio que se está emitiendo; ni tan siquiera podría decir qué emisora está puesta. Él simplemente necesita de ruido, pero no un ruido cualquiera; ruido a gente, a conversaciones frívolas e insulsas que le permitan cumplir con su vida de solitario sin tener que reflexionar sobre las consecuencias de su realidad.
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